"Solo el pueblo salva al pueblo... ¿O no?" El Viejo topo , ISSN 0210-2706, Nº. 444 (Enero), 2025, págs. 26-29 SOLO EL PUEBLO SAL...
"Solo el pueblo salva al pueblo... ¿O no?"
El Viejo topo, ISSN 0210-2706, Nº. 444 (Enero), 2025, págs. 26-29
SOLO EL PUEBLO
SALVA AL PUEBLO… ¿O NO?
Por Santiago
Armesilla
La expresión
“Solo el pueblo salva al pueblo” se ha puesto de moda a nivel político debido a
los terribles sucesos acaecidos en varias provincias españolas hace un mes, y
particularmente en la provincia de Valencia, debido a las inundaciones producto
de la antiguamente llamada “gota fría”, que ahora se llama “DANA” para
cuadrarla como fenómeno atmosférico y climático novedoso dentro de la ideología
del cambio climático, que ha existido siempre, pero que ahora tiene una
connotación ecologista que no tuvo antes. Más de 200 muertos reconocidos
oficialmente, muchas viviendas de piso bajo destruidas e inhabitables ahora,
vehículos desgraciados y otros enseres, por no hablar de los desaparecidos, son
unas cifras tremebundas, a las que hay que añadir la dificultad para cobrar de
los seguros que muchos afectados van a tener que sufrir ahora, si es que no les
quedaba para sufrir más aún. En este contexto, dicha expresión que citamos al
principio del párrafo ha cobrado protagonismo, pero incluso de manera negativa,
porque los medios oficiales del régimen del ’78, liberales y socialdemócratas,
siendo la socialdemocracia hoy día no más que una versión amable del
liberalismo económico y sociológico, la están tildando de ser de “extrema
derecha”. Una idea comodín que sirve para meter en el ostracismo político a
toda crítica que se pueda hacer tanto a la mala gestión respecto de las
inundaciones como a cualquier otra crítica o iniciativa crítica que se dirija
contra la gestión social-liberal del capital hegemónica hoy día. También
advirtiendo que, además, del pueblo, están las instituciones públicas
estatales, y algunas privadas, que también actúan o actuarán en beneficio de
los damnificados. Sin embargo, todo ello supone distorsionar el sentido de la
frase “Solo el pueblo salva al pueblo”. Un sentido que es doble, como veremos a
partir de ahora.
En primer
lugar, porque evidentemente que el “pueblo” entendido como la parte vida de la
nación, siendo esta la construcción histórica colectiva, societaria y
comunitaria, que desde un Estado histórico se configura más adelante como
nación política contemporánea, es heredero de dicha construcción realizada por
las personas y generaciones que ya no están con nosotros, que fallecieron.
Nosotros heredamos su trabajo, sus obras, su patrimonio, sus aciertos y
errores, y debemos a su vez legarlos, mejorarlos y, si es posible, ampliarlos
hacia aquellos que todavía no están y que vendrán. El pueblo, por tanto, es la
parte viva de algo que lo supera y trasciende, la nación. Una nación que,
primero, es una nación histórica en el caso de España, surgido durante un
proceso histórico de siglos, que tiene su sentido protonacional en la Hispania
que fue provincia de Roma y después en el Reino Visigodo, tan heredero de la
Roma occidental como otro reinos surgidos desde el año 476 d. C. Y que empieza
a plantearse como proyecto histórico desde los inicios de la Reconquista contra
el Islam, primero desde el Reino de Asturias y de León después, como desde la
Marca Hispánica que dio lugar a la Corona de Aragón más adelante, sin dejar de
contar con el Reino de Navarra y, aunque desgajada más tiempo, Portugal. Con la
conquista de Sevilla por Alfonso X el Sabio, asegurando que Castilla tuviese
una flota marítima, más el Compromiso de Caspe que aseguró la unidad dinástica
de la casa de Trastámara entre Castilla y Aragón, confirmada en 1469 con la
unión de los Reyes Católicos Isabel y Fernando, es como la nación histórica
española fue tomando forma, la cual alcanzó cotas civilizatorias más grandes
tras la toma de Granada en enero de 1492 y el descubrimiento de América el 12
de octubre del mismo año, iniciándose así la Conquista de prácticamente todo el
continente americano y la hegemonía sobre dos océanos a través del Mare Clausum
impulsado desde 1494 por el Tratado de Tordesillas que firmaron España y
Portugal, unificadas un tiempo entre 1580 y 1668 hasta la segunda independencia
portuguesa. Dicha nación histórica se transformó en nación política en el siglo
XIX, con la proclamación de la Constitución de Cádiz el 19 de marzo de 1812,
cuando afirma que la nación española lo es “de ambos hemisferios”, aunque dicha
unidad intercontinental duró poco. El siglo XIX fue, probablemente, el más
complicado de la Historia española, lleno de revoluciones y guerras civiles,
que no pocas veces son lo mismo. No obstante, la nación política, en tanto que construcción
contemporánea basada en la igualdad formal ante la Ley constitucional, con un
territorio acotado por fronteras, con propiedad sobre recursos naturales,
patrimonio histórico y población pasada, presente y futura, es el fundamento
material esencial que permite la acción popular, que el pueblo exista como
parte viva de dicho fundamento.
Por eso la
idea de pueblo, entendida en el sentido que le damos desde el materialismo
político, doctrina expuesta a nivel de filosofía de la historia y de filosofía
política en este escrito, no puede desconectarse de la idea de nación tanto
histórica como política, siendo la primera base de la segunda. Y por ello, el
pueblo salva al pueblo solo cuando, con ello, salva la nación en tanto que ésta
es la base histórica real de aquel. Un pueblo que atenta contra el legado de
los muertos y no deja nada para los que vendrán, privándoles de nación, no
salva nada. Lo primero que ha de salvar el pueblo, en tanto que parte viva de
la nación, es la misma nación de la que es parte en el aquí y ahora, en el
presente. A su vez, es la nación histórica y política, que no étnica (término
prepolítico), la que suministra al pueblo, en tanto que parte viva suya, de los
elementos institucionales que permiten su misma existencia. Por eso, sin nación
no hay pueblo, pero sin pueblo organizado no podría salvarse al nación. Una
salvación cuya primera premisa de acción es salvaguardar, asegurar y perpetuar
su unidad territorial, su perseverancia en el ser y en el estar y su
estabilidad recurrente espacio-temporal.
Claro que aquí
viene el segundo sentido, el cual no deja de estar conectado por el primero.
¿Qué ocurre cuando parte del pueblo hereda parte del poder político, económico,
financiero, cultural, etc., que parte de la nación fenecida ha construido,
precisamente, para no permitir que “solo el pueblo salve al pueblo”? O dicho de
otra manera: ¿Qué sucede cuando “el pueblo no puede salvar al pueblo” porque
parte de dicho pueblo, la clase dominante cuyo poder viene del pretérito a la
existencia de la parte viva de la nación, es decir, de sus antepasados tanto
familiares como societarios más algún nuevo miembro eficiente a la hora de
perpetuar la estructura de poder heredada, no es partidaria de que la mayoría
del pueblo, las clases dominadas que, a su vez, mayormente tienen sus
antepasados en esa misma clase, más algún miembro nuevo que se une vía
inmigración, vía pérdida de estatus de clase de miembros de la clase dominante,
etc., puedan emanciparse y, como dirían Marx y Engels en el Manifiesto
Comunista de 1848, “elevarse a la condición de clase nacional”, a la
condición de nación política? Más sencillamente formulada esta pregunta la
redactaríamos así: ¿Qué pasa cuando la minoritaria clase dominante no permite a
la clase obrera constituirse en pueblo mediante un proceso emancipador nacional
y popular?
Pues eso es lo
que ha ocurrido en Paiporta con el conato de algarada que varios de nuestros
compatriotas, espontáneamente, realizaron contra el Rey de España, Felipe VI,
mientras quien manda sobre él según nuestra Constitución de 1978, el presidente
del Gobierno, Pedro Sánchez, huía y se escondía de la ira popular, aún a gran
escala. El Rey salvó ese día el régimen de 1978 al proteger, sui géneris, a
Sánchez, impidiendo que, realmente, el pueblo salve al pueblo. O mejor dicho,
que la rabia pueda organizarse para que la clase obrera se convierta en pueblo
y señale a los que impiden dicha organización. Y es aquí cuando hay que
entender el contexto histórico en que surge esta frase de “solo el pueblo salva
al pueblo”. Frase que tiene un núcleo, un curso y un cuerpo.
La expresión
"solo el pueblo salva al pueblo" tiene su origen en grupos de apoyo
mutuo solidario del siglo XX, de corte anarco-sindicalista en un inicio.
Después se convirtió en uno de los lemas de las izquierdas socialista
(socialdemócrata) y comunista iberoamericanas, así como del justicialismo
argentino (peronismo), en la segunda mitad del siglo XX. Es una frase que se
afirma en ausencia de poder político institucional burgués o al margen de él.
Hoy, en España, también se usa en este último sentido, pues el Estado ha
abandonado al pueblo español en Valencia, y el pueblo español, o mejor dicho la
clase obrera española, actúa organizándose ante la desidia de los políticos
gobernantes. No obstante, el "pueblo salva al pueblo" de manera más
efectiva si el pueblo, los trabajadores, dominan el Estado y se elevan a la
condición de clase nacional, de nación política. La frase tiene un origen, pero
también una evolución. Hoy es expresión de iniciativa nacional y popular frente
a un Estado "fallido" a propósito: el Estado de las autonomías.
Y es fallido a
propósito tanto desde la clase dominante española como desde las clases
dominantes de potencias extranjeras que han buscado nuestra subordinación
política, económica, geopolítica, ideológica y cultural. Por eso, el orgullo
nacional español está mal visto por la clase dominante española. La
organización popular frente a la desidia estatal burguesa está mal vista por
nuestra clase dominante. Y la respuesta rabiosa y, por qué no decirlo,
violenta, por parte de la clase obrera española frente a la desidia de los
supuestos representantes del voto popular, que en realidad son los
administradores de los negocios de los ricos y poderosos que salvan su imagen
pública mediante donaciones millonarias no a los damnificados por la gota fría,
sino a la autoridades (in) competentes que han (mal) gestionado el suceso, para
que den cuatro pagas mientras muchas familias jamás se recuperarán del todo de
esta catástrofe.
Decía el poeta
Antonio Machado que “en España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo.
En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no
la nombra siquiera, pero la compra con su sangre”. Y ciertamente podría ser
así. Pero ese pueblo está divido en clases sociales, y también en voto
partidario que dirige todos sus ataques contra Pedro Sánchez o contra el
presidente de la Comunidad Valenciana, Carlos Mazón, del PP, obviando o
minimizando al otro. También está dividido en lucha partidaria secesionista,
pues Compromís y otras marcas blancas del catalanismo han tratado, y tratan, de
dirigir sus ataques contra Mazón y contra el Estado español, para sacar tajada política
en su lucha contra el “Estado español fascista y opresor”. El pueblo es la
parte viva de la nación, pero no es la parte activa de la misma sino existe una
vanguardia política que lo organice y dirija contra quienes los dividen. Así
pues, de la misma manera en que Marx hablaba de “clase-en-sí” y de
“clase-para-sí”, siendo esta la clase obrera cuando realmente existe como
sujeto político, también podría hablarse de “pueblo-en-sí” y de
“pueblo-para-sí”, momento en el que existiría el pueblo realmente como tal,
como parte viva, organizada, de la nación, que salva a la nación, la perpetúa y
la mejora. La clave, hoy día, sería conectar a la “clase-para-sí” con el
“pueblo-para-sí”. Este es el reto político materialista de este siglo.
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