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Antropología filosófica

Lecciones sociológicas sobre expansiones y contracciones históricas

Julio Monleón, sociólogo y amigo, miembro del grupo de investigación de la Complutense "Musyca", de estudios de sociología de la música, tras muchas conversaciones con él al respecto, y debido a que es un tema que, desde puntos de vista distintos, nos interesa, me permite hacer la siguiente reflexión:

Cuando el heavy metal estuvo en su mayor momento de expansión y actividad (años 80) se dieron dos factores curiosos: 1) La mayoría de los productos etiquetados como heavy metal no eran heavy metal, sino hard rock ochenterizado (con sintetizadores, todavía con toques blues, etc.), lo cual ayudaba a la confusión de términos; y 2) Llegó un momento de saturación por la vulgaridad, repetición y mala calidad de sus productos (grupos clónicos entre sí, el autoplagio de temas, las concesiones por contrato y moda, pues no había grupo sin balada en el disco, y no había grupo sin sus pintas hardrockeras que se etiquetaban como heavy metal). Algunos fueron sinceros y se negaban a ser etiquetados como heavy metal. Otros aprovecharon el tirón y hoy son solo una anécdota histórica. Hoy día, tras la perspectiva del tiempo, solo se mantienen los que fueron buenos en aquellos años. Mientras, otros intentan recuperar una efímera gloria basada en subirse al tren del momento. El verdadero revulsivo del heavy metal de los ochenta, y que siguió de verdad la tradición iniciada años antes fue el thrash, corriente minoritaria en principio, más agresiva y mundana, que sin embargo señaló con el dedo firme a los oportunistas, arribistas y demás del metal que hubo en aquellos años. De hecho, fueron los que permitieron de verdad la dialéctica hacia nuevas tendencias que, sin embargo, seguían bebiendo de la corriente principal del metal (death, black, power, etc.)., e incluso el desarrollo de las llamadas corrientes heterodoxas y alternativas (rap metal, nu metal, industrial, etc.). Aunque el thrash metal puro, al igual que toda la morralla desarrollada durante los llamados años de mayor expansión y actividad del heavy metal (en los que hubo productos de calidad sin duda), no soportaron el cambio de década y el envite del grunge y su idealismo juvenil, su pesimismo y su (precisamente) negación de todo lo que se etiquetó como "heavy metal" en los ochenta. Negación que todavía tiene su influjo en la actualidad (movimientos antiglobalización, rock alternativo, estética, etc.). En la primera década del siglo XXI, el heavy metal puro y tradicional (clásico, thrash, death, power), vivió una segunda edad de oro, que dura hasta hoy con la llegada de nuevos estilos heterodoxos (metalcore, death melódico). También hay una recuperación del hard rock ochentero. Pero la sinceridad en los nuevos hardrockeros, tras el señalamiento con el dedo del thrash, hace que no se reconozcan como heavy metal. Y eso está bien. Los revulsivos ponen las cosas en su sitio, y cierran el pico a los charlatanes oportunistas. Los que intentaron subirse al carro a última hora, o los que llevaron las riendas de la "corriente principal" ochentera, si no fueron grandes, acabaron malogrados, adictos a las drogas, muertos o convertidos al "cristianismo". Pero esta historia del rock vale para cualquier otro ámbito.